El cuento 52 del Conde Lucanor
Lo que sucedió a dos hermanos que habían vivido juntos y en armonía durante muchos años.
Otra vez le dijo el Conde Lucanor a su consejero Patronio:
-Patronio, vínome ayer a ver un antiguo conocido mio. Digo conocido, no amigo, ya que no demostró serlo cuando pasé por dificultades. Ahora se da el caso de que dicho hombre ha venido a mí a pedirme ayuda; y yo no se si debo prestarme a lo que me pide.
-Señor Conde Lucanor -dijo Patronio-, para que sepáis lo que más os conviene hacer ,me gustaría contaros lo que sucedió a dos hermanos que vivieron juntos y en armonía durante muchos años.
Y el conde le preguntó lo que había pasado.
-Señor conde -dijo Patronio-, resultó que tras 40 años de trabajar juntos hombro con hombro y de compartir cosechas y bienes continuamente, tuvieron un serio conflicto. Comenzó con un leve malentendido, pero fue en aumento hasta que culminó en un intercambio de palabras amargas, seguido por un largo periodo de silencio.
Cierto día, un hombre llamó a la puerta de Fernando, uno de los dos hombres. Al abrir, vio un hombre con herramientas de ebanista, el cual le dijo: “Estoy buscando trabajo por unos días; quizás usted necesite alguna restauración o arreglo en su finca y yo pueda serle de utilidad.”
“Sí –le respondió el mayor de los hermanos- tengo un trabajo para usted.
Mire, en esa parcela de ahí vive mi vecino; de hecho es mi hermano menor.
La semana pasada había entre nosotros una hermosa pradera, pero él desvió el cauce del río para separarnos. Lo hizo para enfurecerme, pero yo le haré una mejor.
¿Ve usted esa pila de desechos de madera apilados junto al granero? Quiero que con ellos construya una valla de 2 metros de alto para no verlo nunca más.”
El hombre respondió: “Creo que entiendo la situación.”
El hermano mayor ayudó al maderero a recoger todos los materiales y se fue en busca de provisiones al pueblo. Al regresar al atardecer, el carpintero había terminado su trabajo. El hombre se quedó atónito al verlo…
¡No había ninguna cerca de 2 metros de alto! En su lugar, había un puente que unía ambas fincas a través del arroyo.
En aquel momento, su vecino, el hermano menor, vino desde su granja y, abrazando a su hermano le dijo: “Eres un buen hombre. ¡Mira que construir un puente después de todo lo que yo he dicho y hecho!”
Reconciliándose estaban los dos hermanos, cuando vieron que el hombre recogía sus herramientas.
“No, espera –le dijo el mayor de los hermanos-. No se vaya, tengo muchos proyectos para ti.”
“Me gustaría quedarme –respondió el hombre-, pero aún tengo muchos puentes que construir.”
Así, vos, señor Conde Lucanor, debéis saber que hemos de aprender a perdonar y a valorar lo que tenemos. Perdonar no modifica en nada el pasado, pero sí el futuro.
El conde pensó que era un buen consejo, lo siguió y le fue muy bien.
Viendo don Juan que este cuento era bueno, lo mandó escribir en este libro y compuso estos versos que dicen así:
No guardemos rencor ni amargura en el corazón,
puesto que ya cada día traerá su propia desazón.
FIN
Trabajos de descripción
Ahí van mis trabajos de descripciones para la clase de lengua.
Niño espulgándose
En este cuadro de Murillo se ve una habitación oscura, iluminada únicamente por un hueco en el muro de la izquierda que, al parecer, es una ventana.
La luz da de lleno sobre la figura de un niño de unos 8 ó 9 años, de facciones redondas y pelo oscuro como la corteza de un roble, apoyado contra la pared de la derecha. El niño, vestido con harapos propios de la edad media, se dedica a espulgarse el cuerpo con expresión de resignación, como si eso fuese un hábito para él.
Bajo sus pies desnudos y sucios, se ve una cesta de rojas manzanas volcadas por el suelo y una tinaja de cerámica.
Vendo Baúl
Altura de 43 centímetros, anchura de 50 centímetros y largura de 80 centímetros. Superficie de madera de haya de color oscuro. Tallado a mano y con motivos orientales. Cavidad aproximada de 50 litros. Cierre metálico con grabados. Incluye llave. Patas inferiores redondas de 8 centímetros de altura y 6 de diámetro, también en madera. Peso aproximado de 30 kilogramos.
Del cole a casa
Toma el camino de la derecha, donde hay unos contenedores. Dobla la esquina a la derecha de nuevo. Verás una larga cuesta y, a tu derecha, unas viviendas de color verde. Sube dicha cuesta y vuélvete hacia la derecha, donde verás una subida más pequeña. Ve adelante, y pasarás cerca del gimnasio “Curves”.Entrarás en la calle Sor Natividad. Allí verás otra ligera rampa, por la que deberás subir hasta situarte al lado del restaurante “Markel”. Una vez allí cruza el paso de cebra frente a ti y, a medida que vayas andando, verás una bajada que va en dirección al ambulatorio. Baja y cruza el semáforo para situarte frente al centro de salud. A tu diestra hay un último semáforo. Cruza otra vez y desciende por esa acera. Cuando llegues a ver la primera tienda, “La caja de Pandora”, colócate frente al número 43. Allí vivo yo.
Historia de una Sonrisa
Historia de una Sonrisa
Lo tenía todo: un enorme loft en el centro de Nueva York, todo el dinero que pudiera desear, era el mejor abogado del estado, tenía una extensa red social, era moreno, alto, guapo y muy atractivo. Tenía todo lo que una persona pudiera desear; excepto una cosa: felicidad.
Stanley Fenton era una persona fría, mordaz y muy exigente tanto consigo mismo como con los demás. ¿Por qué? ¿Acaso alguien que tiene un estilo de vida así puede ser así? Quizás eso fuese el resultado de su carácter distante y riguroso.
Stanley no siempre había sido un ser tan malvado, simplemente su infancia no fue la más adecuada para un niño tan inocente y bueno como él fue en un tiempo. Al ir creciendo, consiguió una beca para ir a la universidad y ,con los años, cosechó una gran fortuna y su arrogancia fue aumentando; ya no era aquel dulce y cariñoso de años atrás.
Cierto día, un cliente muy importante del señor Fenton, el señor Collins, sufrió un paro cardiaco y fue ingresado en un hospital. Stanley, más por obligación que por verdadero interés, fue a ver a su cliente al hospital.
Buscó la planta 4 en los indicadores del edificio y subió por el ascensor. Tras hacer una breve visita al señor Collins, bajó por las escaleras y llegó a la segunda planta: oncología. Allí vio una máquina de café y- como debía conducir y estaba un poco soñoliento- se dirigió a tomar uno. Se sentó en una de las sillas de la sala de espera para beberlo tranquilamente. A su lado estaba una niña de unos 9 ó 10 años, de tez blanca, con una cabellera abundante en rizos rubios y de ojos intensamente verdes.
-Hola -le dijo la chiquilla. Stan no contestó.- Me llamo Jacqueline Smith.
-Yo me llamo Stanley Fenton –dijo el secamente.
-¿Por qué estás aquí?¿Has venido a ver a algún amigo?
Él no contestó. No tenía porque hablar con una niña cotilla acerca de qué hacía allí.; pero, al sentir que los ojos de la muchacha no dejaban de preguntarle, cedió:
-Soy abogado y vine a ver a un cliente que tubo un ataque al corazón.
Se hizo el silencio. “¡Vaya!” pensó él “¿Por qué me siento tan bien al contarle esto?” La miró y se decidió a hablarla:
-Y tú, ¿Qué haces aquí?
-Estoy enferma –contestó ella con la mirada triste perdida en el suelo.
Tras unos instantes, ella posó en Stan sus ojos verdes y le empezó a hacer preguntas de todo tipo: dónde vivía, cosas de su trabajo… Cosas que él nunca había contado a nadie.
Entonces, vino una enfermera y dijo que la chiquilla debía ir a su habitación. Pero ella, antes de irse, se detuvo, volvió la vista hacia él y le dedicó una amable y cálida sonrisa.
Durante semanas Stanley no pudo dormir recordando aquella pequeña niña que le había sonreído días antes. No supo porque, pero decidió ir a verla de nuevo. Preguntó en recepción por la señorita Smith y subió a verla a su habitación.
Lo que vio lo dejó desolado. Jacqueline había perdido todos y cada uno de sus rizos rubios y respiraba con dificultad.
-Mira mamá –dijo ella cuando lo vio aparecer por la puerta.- éste es el amigo del que te hablé, Stanley.
La niña le dedicó una de sus sonrisas y él pasó la tarde allí. Durante un tiempo, cuando conseguía librarse del trabajo, se pasaba por el hospital. Pero un día la pequeña no apareció en su habitación. Otra persona ocupaba su lugar.
Entonces, reflexionó en los días que había pasado allí y se dijo: “Si alguien, sabiendo que tarde o temprano dejará de estar aquí, puede sonreir. ¿Por qué lo que seguimos vivos no nos esforzamos por luchar y seguir sonriendo?”
Entonces, una lágrima brotó de sus ojos y, de su boca, una sonrisa.
Lara Presno
Presentación

Mi nombre es Lara, tengo 14 años y me gustaría contaros un poquito cómo soy.
Soy una chica bastante bajita (bueno, alrededor del metro cincuenta y siete) y la verdad es que no conozco mucha gente que sea más bajita que yo; aunque saber que existen es un consuelo. Tengo el pelo largo, rizado y de un color castaño que en verano se vuelve rubio. Mis ojos son de color verde y, aunque yo siempre quise tenerlos azules, estoy contenta con ellos. Por lo demás no tengo nada más que llame la atención; mi nariz es normal, mis orejas también… sólo tengo la forma de la cara redonda (lo cual no es que me parezca demasiado interesante).
Se me hace muy difícil decir cómo es mi personalidad y creo que otra persona podría saberlo mejor que yo, pero lo intentaré.
Me considero una persona extrovertida y habladora, muy habladora. Intento ser cordial y simpática siempre que puedo. Digo esto porque tengo bastante genio y un pronto muy malo –todo hay que decirlo. Me dicen que soy alegre y cariñosa, pero yo sé que también tengo mi orgullo.
Si tuviera que definir mis hobbies, diría que son: escuchar música, andar en bici, leer y ver películas. Mi libro favorito es “Diario de Ana Frank”. Lo leí este verano y me sorprendió que una chica de 13 años pudiera vivir todo lo que ella contaba. La película que más me ha gustado es “Forrest Gump”. Tiene todo tipo de cosas; humor, drama… La recomendaría a cualquiera al que le guste el cine.
Así soy yo.